
Psicoanálisis y Literatura -noveno número-
Pre-logo
La condición de hablante y de escribiente hace del ser humano (humus: tierra) alguien especial: a-bismado de lo real (del cuerpo) y también de su sí mismo (Yo), vive y se des-vive condenado y encadenado a su pasión (pathos) que le es, al mismo tiempo (instante, Kairós), lo más íntimo y lo más ajeno: extraño.
La pasión de la letra que lo encarna, que le da consistencia corporal a su con-in-sistencia (significante), más allá de la imagen que recibe, ¿invertida?, del o/Otro.
Es esa condición la que hace que la literatura (Lacan en algún momento, 1971, jugará con el significante lituraterre, lituratierra, donde diferencia entre letra y significante) sea tan significativa para el psicoanálisis; esto es así desde Freud.
Y quizás lo es aún más con Lacan.
Este número 9 de Non Nominus (nueve son los meses de gestación de un singular ente con posibilidades de devenir hablante y escribiente) y que el lector tiene en sus manos, asume, en el papel, todas las consecuencias de la compleja e intrincada relación entre psicoanálisis y literatura.
De lo cual se da muy bien cuenta en el Editorial de este número
Dentro, hay una diversidad de escritos: algunos desde la poesía y otros desde la literatura, otros desde la lectura que hace el psicoanálisis del arte de las letras, lectura bastante peculiar, por cierto. A todos hay algo que los atraviesa: la letra como pasión (pathos) de-ser.
Hoy día, esto si el psicoanálisis no quiere esclerotizarse, éste tiene que estar abierto no sólo a la literatura, sino a otras disciplinas, como la filosofía, la lingüística, la antropología; de hecho la re-fundación lacaniana del psicoanálisis freudiano es posible a partir de esta interrelación, donde, desde mi perspectiva, la filosofía ocupa un lugar privilegiado. Esta compleja y problemática relación entre psicoanálisis y filosofía, por ejemplo, se encuentra connotada con el término de-ser que tiene como horizonte, en alguna medida, el concepto de no ser, no obstante que Lacan se desmarca, al mismo tiempo, de él.
Si, como decía, hay diversas lecturas y escrituras; hay múltiples nombres y autores, hay amigas y amigos; también, autoras y autores que por primera vez he leído no sin consecuencias.
En este número, hay, pues, muchos textos: unos cortos, otros medianos y otros largos.
Todos por demás muy interesantes en la medida en que nos presentan un sesgo de la relación del psicoanálisis con la literatura, desde la perspectiva de cada autor o autora.
Todas y todos, como sujetos atravesados por el significante, como sujetos encarnados en la letra, escriben desde sus pasiones (pathos), desde su intimidad más ajena: su de-ser.
Ya nos hablen de su vida hecha literatura (Alí Chumacero); del suicidio de Manuel Acuña y su impronta en las letras mexicanas (Abraham Godínez); de los genios de Shakespeare y Borges (Néstor Braunstein); del nexo entre horror y literatura a partir de la vida de Erzsébet Báthory en las novelas de Valentine Penrose y Alejandra Pizarnik (María Luisa González); ya sean los versos de uno de los poetas más importantes de México, José Emilio Pacheco; se aborden los viejos lobos y las bellas durmientes en Kawabata y García Márquez (Helí Morales ); se aboquen a la verdad y la mentira tal y como se plasman en las canciones y cómo éstas son “vividas” por hombres y mujeres en su vida amorosa-cotidiana (Gabriela Gómez); se escriba sobre los rencores y lo que somos los humanos (Esteban Ascencio); sobre los versos del paciente, es decir, del carácter poético del decir de los analizantes (Albert García); de Pessoa y sus heterónimos como recurso literario y creativo (Ani Bustamante); del enfermo literario como ficción narrativa (Mauricio Ramírez); se discurra sobre el efecto poético de la interpretación psicoanalítica (Olga G. de Molina); se analice el humor negro y el destino en Las Muertas de Jorge Ibargüengotia (Ulises Valdez); o se poetice, otra vez, sobre la mujer y su fuerza nominativa (Jorge Souza); se reflexione sobre el amor y la muerte en El Amante de Marguerite Duras (Alma Beltrán); en torno a Caperucita Roja y la sexualidad oral (Eunice Michel); o Madame de Mauves de Henry James (Fernando del Moral); o, por último, sobre la dimensión enigmática del suicidio de Yukio Mishima, su literatura y las diferencias culturales entre Oriente y Occidente (Sergio Gorjón); todas y todos logran, de manera abierta o velada, trasmitir-nos, por medio de la letra (de sus letras) lo que padecen de la misma en su pade-ser o el pade-ser de los otros (como sujetos u objetos de estudio), y discúlpenme, las lectoras y los lectores, la más que evidente falta ortográfica, pero es que quiero llamar la atención sobre cómo lo que padecemos es, precisamente, nuestro (de) ser.
En lo personal, todas y todos me han tocado, en lo más íntimo de mí de-ser; quizás algunas y algunos más que otros, como suele ocurrir, en estos casos. Yo destacaría, respetando la elección que haga cada lector o lectora, los textos en los que se hace patente la verdad (aletheia) como discordia (eris) que tensa, al mismo tiempo, dos fuerzas, Eros y Tánatos, en tanto en-y-con ellas se anuda el deseo.
Estoy seguro que el lector o lectora también serán tocados, no necesariamente por los mismos textos ni por las mismas autoras o autores, pero este número dejará sus huella en su de-ser, de eso estoy seguro.
Queda el lector advertido.
Sobre advertencia no hay engaño.
¡Salud y provecho!
¡Y enhorabuena por un número más de Non Nominus; y qué número!
J. Ignacio Mancilla
(Miembro fundador de la Red Analítica Lacaniana, REAL, A. C.)
Guadalajara, Jalisco, noviembre de 2008.